Desubicada
Feliz mes de la mujer.
Marzo. Mes de campañas para intentar subirte el ánimo por ser mujer, de logos transformados en violeta, de frases motivadoras que funden su efecto después de los tres segundos que dura un post, de hombres pidiendo el “Día del Hombre” porque ¿seremos tan malditas de aislarlos de algo tan fantástico? Qué lindo.
Pero entre una vuelta y otra, me topé con la campaña de una marca que me hizo pensar —tanto que, digamos, terminé por escribir esto—. Así que quizá, al final, sí sirva de algo.
Dicha marca subió una foto del espejo de su tienda, con un cartel que preguntaba: “¿Qué palabra te representa como mujer?”. Al lado, había un marcador borrable para que las visitantes expusieran sus respuestas (no sea que quede registro de los mensajes por demasiado tiempo). Recordemos: esto dura lo que dure marzo.
Hice una captura de pantalla para ampliar las palabras que no se veían bien, y ahí fue cuando comencé a leer justo lo que me esperaba: “valiente”, “fuerte”… “madre”.
En mi colegio católico, cuando poníamos “tolerante” y “solidario” en una respuesta, el profesor se enojaba y decía: “¡Piensen! ¡No usen el diccionario catedrático!”. Así que con su voz pinchando a mi primera opción (“resiliente”), elegí otra palabra para el espejo: desubicada.
Pensé en el mensaje que llegó desde las profundidades de mi subconsciente y sentí ganas de llorar. Porque es verdad. Para mí, ser mujer se define como una vida escapando de un mundo que intenta convencerme de que, haga lo que haga, esté donde esté, estoy des-ubicada.
Son voces que insisten en que nunca esté segura de estar en el lugar donde debo estar. Que nunca interactúe convencida de que estoy diciendo algo bien. Que nunca me sienta completa con la personalidad que brota dentro de mí. Que nunca descanse del todo conforme a los vínculos que desarrollé. Que nunca esté satisfecha con mi tono de voz. Que siempre dude de mi rol como madre. Que me cuestione si necesito existir.
Cuando era muy niña, estaba desubicada en un mundo de hombres. Aprendí a responder y actuar como hombre, pero yo no era hombre. Así que estaba desubicada. “Pero sos una señorita” era la frase de cabecera cuando me salía de la raya, así que no me quedó otra que, a mis porahí siete años, comenzar a intentar reformarme.
Sumé unos años más y mi actividad preferida era ir el domingo a ver a mis hermanos jugar fútbol. Desubicada. Me gustaba gritar, me gustaba correr, me gustaba involucrarme en el partido, como los hombres. Pero no era hombre; ya era señorita. Pues entonces, desubicada. Yo era muy consciente de que mis compañeras de colegio no entendían eso, y menos aún que yo supiera hablar tan bien en lengua de hombre. Que pudiera leer bien sus intenciones, que captara a tiempo sus próximas palabras y movimientos, que les conversara de manera tan suelta. Entonces, rapidita y desubicada.
Más grande aún y con rabia acumulada, no se puso más fácil. Cada vez mi voz salía más fuerte; cada vez estaba más enojada; cada vez me mostraba más frustrada. Y eso no va bien con ser súperseñorita. Así que, desubicada, desequilibrada, bipolar y al psicólogo. Veinte años. A corregirme.
Mientras tanto, mis masculinos, plácidos. Al parecer, no tenían nada que corregir. Mejor dicho, al parecer no necesitaban corregirse. Entonces, después de estar tan frustrada y enojada por ser tan desubicada, decidí mudarme a miles de kilómetros de ahí para ver qué pasaba. Ahí conocí a alguien a quien le pareció atractivo que fuera tan desubicada, así que fantástico. Estoy con un hombre inteligente, y además lo respetan, entonces, ¿menos desubicada?
Pero seguí leyendo, seguí investigando, seguí con el psicólogo y, sobre todo, conseguí seguir viviendo. Hasta que llegué al pináculo de los seres desubicados: ser madre en un mundo que se cree evolucionado. Diría Ernaux: además de desubicada, congelada… cuando, de repente, una construcción familiar: “No te estoy manipulando. ¡No todo se resume en tus injusticias por ser mujer!”. Pero soy mujer, estoy leyendo mucho, estoy muy consciente. Estoy, claramente, desubicada.
Y de repente, me quedé sin lugar en el espejo. Pero quiero decir una última cosa. Ya saben, no me inviten a sus locales para el Día de la Mujer porque escaparán cosas del subsuelo de mi cuero cabelludo y no quiero pelearme con el esfuerzo de marketing. Tampoco quiero gastar mi esporádico impulso de valentía en un marcador borrable.
Lo que sí, invítenme a un panel, a una ronda de mujeres, a un conversatorio, por favor. Tengo un tigre rugiendo adentro, queriendo huir de mi diccionario correcto. Quiero hablar, quiero conversar, quiero ahondar. Ínvitenme, lo ruego. No es un pedido. Ya no. Es una súplica. ¡Invítenme! ¡INVÍTENME! Porque llevo casi cuatro décadas en la Tierra y quiero, al menos una sola vez, probar qué se siente en un lugar donde no sea una desubicada.
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Soy María Perrier, escritora, coach literaria y creativa. Publiqué dos libros de no ficción y escribo en mi blog desde 2014. Gracias por compartir o por seguir aquí.







Creí que estar insatisfecha con el tono de voz era algo raro. Lo leí aquí y me identifiqué tanto con esa frase… vivo pensando “hablé muy duro” o tal vez “estoy hablando muy agudo”…
Preocupaciones que un hombre no tendría…
Uffff, somos unas cuantas desubicadas...